LEMA ORANTE.
1 de Marzo de 2026
Y la Llamada Orante sugiere el descubrirse ante la Creación como creado y creador, en el sentido de ser expresión de un Misterio.
Y es así que se sugiere, en cualquier momento evolutivo, un tiempo en el que el ser se hace introspección, por una parte, y ‘extrospección’, por otra.
Introspección, puesto que se visiona en cuanto a su ser, en cuanto a su estar, en cuanto a su sentir; y ‘extrospección’ en cuanto a que siente su inmanencia con la Creación… No solo es parte de ella, sino que es Creación.
Al decir de lo religioso: “solo Dios es Dios”. Y ahí están todos los seres, todas las manifestaciones. Nada está “desligado de”…
Es por ello que cuando el ser se distorsiona, alejándose de su entorno, su ideal, su ilusión, su fantasía, acontece la angustia, la ansiedad, el temor, la tristeza, la rabia.
Por nuestra posición de ignorancia, tendemos a una cierta adoración hacia lo desconocido, o admiración o rechazo –según-; a veces para anclarse en lo que se tiene y en lo que se está.
Mas, al descubrirnos como expresión de Creación…
No en el sentido de “esto creó esto y luego creó lo otro”, no –aunque así “temporalmente” se conciba-, sino que cualquier expresión –“cualquier expresión”- que podamos percibir, ha estado y está… siempre.
Nuestra concepción racional, útil para excavar, recoger, clasificar, tener, dominar, controlar, no alcanza a ver la perspectiva en la que se está.
Y es así que, al orar en la Clemencia, en la Bondad, en la Misericordia, nos desnudamos, nos quitamos las razones, las lógicas y las prácticas de cómo abordar este sentir… vida.
Sujeto a la explicación, al entender o entendimiento de cualquier proceso, y aplicarle una explicación, cuando se entra en los evidentes impulsos de Creación, no podemos emplear esos modelos de pensar. No sirven.
Y pareciera que son mundos diferentes. “Pareciera”. Lo que son, son niveles diferentes, pero de un… –permitamos la palabra “mundo”- de un mundo unitario, desproporcionadamente infinito con relación a nuestro criterio de finitud.
Si en el nivel habitual pesa la discordia, la incomodidad, el dolor, la apatía, el desconsuelo, en la Creación en la que está ese nivel, la Bondad, la Misericordia, la Clemencia, no pesa.
Evapora las timideces, los orgullos, las demandas, las quejas.
Pero cierto es que el ser confía en sus habilidades, en sus recursos, en sus capacidades, sin darse cuenta de que no son suyas, que son producto de una vibración, de un nivel, de un estar… de algo desconocido.
Y esa confianza hace que el desarrollo cotidiano se haga espeso, ¡duro!, ¡difícil!, cuando en realidad es ligero, amplificado, infinito, inmenso.
Y es así que perdernos en disquisiciones nos lleva a los enfrentamientos y nos hace sectarios de nuestros recursos –que no son nuestros-.
Bien podría valer el ejemplo de nuestra ‘conformidad’: ¿acaso el pie decide cómo moverse…? ¿O, más bien, toda una conformación hace posible que el pie se mueva? Pero él, por sí mismo…
Y es lo que vemos, lo que entendemos, en lo que confiamos: él se mueve. Sí. Pero no por sí mismo…
Hay todo un soporte, toda una serie de niveles, de concurrencias de estructuras, para que ese pie de un paso. Pero no ha sido el pie el que lo ha decidido. Ha sido una compleja estructura que lo ha promovido.
Quizás esta imagen nos pueda servir para darnos cuenta de que somos el pie o el dedo, en la Creación; y al moverse, al actuar, creemos que es por su diseño, por su capacidad, y no vemos que hay unas vías, unas trayectorias, unos fluidos, unos intermediarios... ¡buf!, ¡una cantidad de protagonistas e influencias que hacen posible que el pie se mueva!
Si, de igual forma, nos consideramos como pies… en el magma de la Creación, las influencias que no vemos que están son las que nos hacen vivir. Y en ese vivir de Misterio, nos hacen sentir, hablar, correr…
Bajo la mente del pie, éste se pregunta: “Pero ¿por qué…? ¿Qué vías y qué elementos hacen posible que…?”.
Ahí no hay respuesta en el plano de la Creación. Porque no está en esa nivelación, no está en esa vibración.
Y aunque nosotros buscamos domesticar esas influencias desconocidas, y les ponemos nombre y les hacemos altares, iglesias, templos… ¿A quién?
Pareciera que es una condena el que… estemos en un nivel, y el nivel, en realidad –que no es nivel- es otro. ¡No lo es! No es ninguna condena.
En la medida en que incorporamos la idea –esta idea-, abrimos la posibilidad de sintonizar lo que ocurre y transcurre según nuestras percepciones, con… el Misterio. No los separamos.
Bien está decir: “será lo que Dios quiera”. Sí. Pero parece ser que Él está allí y nosotros aquí.
No. No hay Él ni nosotros. “Hay”. Eso es: “hay”. Y ese “hay”, sin particularidad, tiene diferentes dimensiones, perspectivas y vibraciones.
En la nuestra, de humanidad, somos capaces de –por nuestra práctica, nuestra actitud, nuestra oración, nuestra meditación, nuestra contemplación, nuestras artes del soplo-… situarnos en una perspectiva de dimensiones sin límites; de atrevernos a ser Misterio.
Y así como nos trajeron, llegamos y actuamos: sin que haya sido una decisión propia.
Debería ser fácil el saber que no son nuestras realizaciones, nuestros estares propios, personales… Son la manera en que nos hemos dispuesto hacia esa realidad de que, sin saber y sin necesidad de conocer, sentir. Y en ese sentir, apercibirnos de lo imprevisto y lo inesperado como algo misterioso, mágico, milagroso. Hay palabras para acercarse a ello.
Misterio, magia, milagro…
Pero ocurre que, ante el Misterio, tratamos de desvelarlo; ante la magia, hacemos el truco; ante el milagro, hacemos la deducción, la investigación, la racionalización. Y en último caso, si esto no llega, pues ya llegará una explicación.
Claro, cuando sometemos “los posibles” que nos hacen despertar a nuestra identidad en la Creación, como creación, los manipulamos y los tergiversamos, es muy difícil que ellos –ese misterio, esa magia, ese milagro- se incorporen como evidencias.
Podríamos sugerir que la Creación es un infinito Amor –inmedible- de naturaleza misteriosa; y que, en nuestro plano, se hace –en ese ama-necer- como una instancia asombrosa, aunque nos parezca normal.
Pero, por esa naturaleza que le damos por la sorpresa que nos produce el sentir amor, el sentirnos amados, el sentir que amamos, tratamos de –de alguna manera- justificarlo y entenderlo. Y entonces le quitamos esa magia, ese misterio y esa milagrosa situación.
Destilando ese Misterio de Amor infinito, esa misteriosa magia y ese milagro, se nos presenta la belleza y el arte como un suspiro de otra dimensión.
Y así, con todo ello –misterio, magia, milagro, belleza, arte-, bajo la vibración de amor, que es lo que más se acerca, pero…
El “pero” es que… es lo que más se acerca, pero no es del todo. Al decir “no es” no significa que no acontezca, sino que está aún muy poco incorporado a la naturaleza de lo que es.
Por ello, el ejercicio… –sí- el ejercicio de esa atracción que nos implica el amar, nos puede sugerir esa misteriosa atracción, esa mágica palabra, ese milagro del momento, esa belleza del instante, ese arte inesperado que nos alegra, nos sonríe.
(2 mn de silencio)
¡Ay!... Ay, amor de sustento…
Misterioso viento que, mágicamente, refresca mi aliento
y abre el milagro de las palabras…
conforma la belleza de la sonrisa…
y se hace arte al contemplar.
Y en actitud de arte… se gesta la atractiva belleza que busca ser milagrosa para producir la magia de la atracción… y someterse sin resistencia al Misterio.
Cada paso, así, es ligero.
Se orienta sin saber hacia dónde.
Su huella no pesa.
No se cansa en su deambular.
Y cuando descansa –sin estar cansado- sonríe a las estrellas.
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