LEMA ORANTE.
15 de Febrero de 2026
En el transcurrir de la especie humanidad, cada paso –en diferentes lugares- ha buscado alguna manera de adaptarse, de parecerse, de ser semejante “a”… dando muy diversas versiones, según las… ¿necesidades?, o exigencias o… imposiciones.
Y al igual que hoy denominamos a diferentes tecnologías como la versión 2.01, la versión 4.40, la versión 4.01, el ser de humanidad ha ido adoptando muy diferentes versiones. Y por lo poco que se sabe –pero algo-, algunas de estas versiones aparecieron para quedarse, para transmitirse, para ir de generación en generación.
Lo cual no significa que sea un grito fatalista que no tenga modificaciones o incluso retrocesos.
Cualquier ser, en su versión adulta, podrá darse cuenta de que tiene diferentes versiones: una versión para su trabajo, una versión para sus familiares, una versión para sus conocidos, una versión para sus desconocidos…
¡Son muchas! Porque, además… además de esas versiones de exteriores, el ser tiene capacidad para “versionarse” internamente y expresar otras versiones que no son producto de la relación con el exterior, sino que son consecuencia de su dinamismo estructural: fantasías, imaginación, intuición… No podría seguirse la pista de por qué esa fantasía o esa imaginación. Ese invento que ha surgido en un momento, no podríamos decir que es “fruto de”; algunos sí, pero no sería de los que estamos hablando: de las versiones internas.
Así que el ser se moviliza entre versiones externas, para mantener una necesidad, para aportar, para recibir –y tiene que camuflarse-, y otras versiones internas, que muchas de ellas son producto de esa relación exterior, pero otras son de la estructura intrínseca del ser. Y probablemente, al ser y estar en Llamada Orante, un hilo providencial influye en esa versión interna que, obviamente, luego va a condicionar la versión externa. Es decir que somos seres versionados.
Al estar en tan diferentes planos, cabe preguntarse: “¿Y cuál es la versión original?”.
Es un decir cotidiano: “Ésta es una versión original”, “y éste es el cuadro original”, “y ésta es la versión original de tal escrito”…, como tratando de huir de las diferentes versiones.
La Llamada Orante nos insta a ejercitarnos en esa multiplicidad de versiones, y ver si realmente tenemos una versión original… o no.
Las razones de los mestizajes a lo largo de la historia, con versiones diferentes, dificultan sin duda la idea de una versión original –tanto filosófica como espiritual como religiosamente, y como biológicamente-.
Pero, no obstante, habrá que preguntarse si hay algunas características de “versión original”, de nuestra especie.
Es evidente que multitud de especies han ido cambiando por cambios del entorno y por modificaciones de su propia conformación. E incluso una misma especie, en un lugar, es muy diferente que en otro. ¿Cuál es la versión original?
Lo cierto es que, sean cuales sean las especies, y sean cuales sean sus versiones, y sean cuales sean las características del entorno –que, sin duda, forman parte de la trayectoria vital de las especies-… habrá algo ¡original!
Algo original que incluya todas las visiones de los diferentes ambientes, participantes, relacionantes, etc.
(2 mn de silencio)
Cualquiera de los componentes que se concentran en este lugar del universo –cualquiera: véase nivel atómico, molecular, celular, estructural… cualquiera, cualquier visión-, para cualquier versión de ese componente –véase especie, véase elementos que conforman una especie, véase funciones que realizan-, cualquiera que veamos en cualquier plano, cualquier versión, descubriremos algo –sí- algo original.
Y es que ni una sola de las fracciones que podamos contemplar, sentir, percibir, intuir –ni una sola-, ni una sola de las especies, puede brotar, estar, permanecer, transcurrir… sin las demás.
“Sin las demás”, en el amplio sentido de la palabra. Puede estar carente de esto o de aquello, pero, en síntesis, como original, es que todo, cualquier elemento que configura lo que llamamos “vida”, es un elemento de necesidad.
Cojamos el ejemplo que cojamos, vemos que tal o cual elemento de la tabla periódica de Mendeléyev necesita de otros elementos para poder conformarse, estar y relacionarse.
Luego tenemos un punto original, y es que somos –como parte de elementos de la vida-, los humanos, somos seres necesitados.
Esas frases tan frecuentes que se sintetizan en ese dicho popular de que “yo soy como Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”… es absolutamente falso. Pero la busca el ser para darse importancia personal.
¡Necesitamos el agua, necesitamos el aire, necesitamos el alimento, necesitamos hablar, necesitamos escuchar, necesitamos ver!...
Cuando se habla de “autonomía”… ¿Autonomía de qué?
Sí. El afán auto-gestador, auto-proclamador de: “yo soy así, así y así, porque quiero ser así, así y así, y no dependo de nadie”…
Necesitamos. Nos necesitamos.
Necesitamos que la tierra no tiemble o tiemble lo menos posible. Necesitamos la lluvia, sin que nos ahogue. Necesitamos la luz.
¿O es que acaso nos hemos ganado, por nuestros logros, la luz, el agua, la tierra?
Y es que, a su vez, la tierra necesita de la luz. No hay –como decíamos hace un instante-, no hay ni un solo elemento que no precise de otros –o de otro-, para dar constancia de que está; para hacer posible su presencia y su transcurrir.
Si este pequeño gran detalle de versión original lo tenemos en presente de indicativo del estar, del sentir, sin duda –sin duda-, si está ahí presente, sin duda, nuestras diferentes versiones, nuestros diferentes camuflajes, van a buscar algunas maneras de no engañar, de no aparentar, de no mostrar lo que no es… puesto que todo el sistema de camuflaje, todo el sistema de versionado, es un sistema de un gasto, de un esfuerzo monumental.
Si, en cambio, nuestra versión original de “necesitados” está ahí presente, probablemente nuestra multidimensionalidad de apariencias no sea necesaria, y cada vez tengamos menos, y nos acerquemos un poco –un poco- a saber cuál es nuestra versión original.
La Llamada Orante nos hace esta acuciante llamada, porque es el punto de partida hacia la conversión.
Que, para que ocurra, tenemos que versionarnos en lo que habitualmente hacemos, y extraer de todo ello un patrón que tenga maniobrabilidad para cualquier circunstancia. Que tendrá que modelarse, sí –una cosa es modelarse, adaptarse-… pero sin perder la versión original, si es que realmente queremos vernos en lo que somos: “con-verse”.
Ahí empieza la conversión: en vernos. Y, en esa medida, nos versionamos en los diferentes muestrarios en los que nos damos. Alejamos el engaño, evitamos la trampa, aclaramos nuestras versiones para no dar lugar a confusiones: “me dijo”, “te dije”, “escuché”, “entendí”, “me pareció”... ¡No! Ese es un enredo intransitable que tan solo ahoga a quien lo practica y trata de ahogar a los demás.
En general, las versiones corrientes son aquellas en las que el ser aparenta externamente lo que quieren ver los demás, y se esfuerza en que así lo vean, pero nada de reconocer su participación o su aporte o apoyo a las versiones originales, a las necesidades.
“La comodidad obesa del pensar”.
Hay otro dicho a propósito de sentirse necesitado: “Y, en consecuencia, al sentirte necesitado, sabes que alguien te necesita”. Parecería absurdo tener que decirlo, pero por si acaso; por si acaso se queda uno sólo con: “¡Ah!, necesito esto; necesito…”. Sí. Pero de ti se necesita esto y aquello y lo otro.
Pues esa actitud de necesidad nos lleva a ese traído y llevado… y parece que nunca es suficientemente expresado: el servicio.
Pero es un servicio que aporta –no el que aguarda las órdenes del capitán o del general, no, no-. Que está atento a todo, y aporta y opina y dice.
Y, ¡ah!, que no se nos pase el dicho ese general que dice –para recordarnos que somos seres necesitados, y a su vez nos necesitan-, el dicho general es: “Cuidado, que la vida da muchas vueltas”. Muchas. Tantas como las vueltas de nuestro planeta sobre sí mismo y alrededor del sol.
Cualquier pequeño detalle que quede pendiente… te lo vas a encontrar.
Cualquier llegada o despedida abrupta… va a pedir su recompensa por necesidad.
¡Ah!, ¡sí, sí, sí! Porque pareciera que nos quedamos aquí, en la necesidad, en el servicio de cada uno. Pero, ojo, ojo, que hemos dicho que el cadmio, el selenio, el bismuto, el estroncio, necesitan de otros para poder estar y poder componerse y poder... ¡Vale!
En consecuencia, cuando una necesidad no está debidamente compensada, eso repercute en todas las estructuras; tardará más o menos en llegar a un sitio o a otro, pero eso… –el tiempo- no tiene mucha importancia.
De ahí que decía otro dicho: “haz bien y no mires a quién”.
Pero… necesitada está la situación, para darnos cuenta de que debemos participar en esa versión original.
Y, obviamente, no sólo pensando en nuestras necesidades, sino en las necesidades de los demás. Los demás son “todo”: la tierra, la pared, el árbol… ¿Es que hay algo que no nos necesite? ¿O algo que no necesitemos?
Sí. Podemos vivir con carencias, pero no es una versión original. Podemos adaptarnos a situaciones límites. No es una versión original.
Son competencias que el ser establece para demostrarse que es capaz.
¿Y…? ¿Y…?
La Llamada Orante nos induce a vernos, a ‘con-vernos’, bajo esa estructura de necesidad, como un primer eslabón que nos conduce a la humildad, que nos “somete”… –entre comillas lo de someter- a la sumisión, puesto que vemos que toda esa trama de necesidad obedece a un Misterio…; a un acontecer que sucede aquí.
Y que sucede gracias a una Creación –decimos- “indescriptible”, en la que formamos parte, en la que somos Creación.
Somos “Creación” y, en ese sentido, no hay escala de importancia. No está el general, el teniente coronel… no.
Solo Dios es Dios, y solo hay Dios.
Por ejemplo.
Y ahí estamos. No después de eso aparecemos nosotros. No. Basta ya de establecer pirámides de poder que sólo sirven para justificar poderes en el convivir, y darles carácter espiritual o religioso –como emperadores… como herederos del cielo-… ¡Por favor!
Hay que disolver la hegemonía hedonista que sistemáticamente se cuela como una verdad.
Y en la medida en que recuperamos nuestra visión, nos vemos en lo que somos. Y tenemos ya un punto de partida. Y nos damos cuenta –claro- de que está todo por hacer. Y, como decíamos, no puede quedar nada pendiente, porque hay que pagar al contado.
No se duerme una noche para despertar tres días después.
Ese converse nos acerca a esa versión original. Y en la medida en que nos acercamos a la versión original, vamos purificando, vamos limando, vamos desechando esas versiones engañosas, aparentes, simuladas, disimuladas.
Ahí hay una alianza entre lo purificante, lo purificador y lo original.
Y así, si aportamos… –en base a las necesidades- aportamos a recuperar la versión original nuestra y del entorno, estaremos… ¿resucitando?, ¿inmortalizando?, ¿eternizando?, ¿des-limitando?...
¡En infinitos!
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