LEMA ORANTE.
29 de Marzo de 2026
Podemos concebir –y así habitualmente sucede- que a partir de tal o cual acontecimiento se produce tal o cual cambio y, sucesivamente, se van –por decir así- acumulando hechos que justifican la causa y efecto. Para eso necesitamos un principio y un final.
La Llamada Orante nos advierte de que quizás estamos en otro muy diferente entramado, de aquél que justifica lo que ocurre ahora por lo que pasó ayer y, en consecuencia, futuriza el mañana… en una secuencia de contactos entre un momento y otro y otro.
Pero ¿qué otra forma podemos concebir? Porque lo que acabamos de oír es un criterio, un punto de vista que, sí, tiene su sustento, pero también tiene sus incógnitas. Porque no todo acontecer produce tal efecto; depende de la conformación y configuración de cada ser.
¿Sabemos –por ver quizás esa otra versión-, sabemos cuándo empezó lo que llamamos “Universo”? Evidentemente, se han hecho cábalas de que: “Bueno, hace no sé cuántos miles de millones de años luz se llegó a un colapso de una concentración máxima de… y se produjo el gran estallido…”. Bueno, algo conocido; pero siempre bajo la ley de la causa y el efecto.
Siempre la pregunta es: “Y antes”... –¿cuándo era “antes” de ese segundo en el que ocurrió el gran estallido?- “¿qué había? ¿Qué ocurría?”.
El silencio es el cómplice de la respuesta. No hay respuesta. Todo lo de ahora se explica a partir de ese punto, y tiene su lógica.
Voilà!... Una hábil manipulación de los hechos: cuento la historia a partir de un determinado momento. Antes no existía. No existía el antes.
Bajo ese punto de vista, claro, la existencia surge a partir de un momento. Y antes, como mucho, como mucho –para entendernos- existía... –¿existía?- la Nada.
Pero he aquí que la Nada se aburrió de estar tan sola. Y voilà!, empezó a manifestarse, a concretarse. Y a partir de esa concretización contamos que se produjo la existencia.
Por supuesto, este planteamiento tiene miles de comentarios al margen, mas ahora no proceden. Ahora necesitamos –así nos lo invita la Llamada Orante- ver.
Luego hablaremos del nervio óptico, de la retina... Sí, pero ¿se ve? Y ese ver nos lleva a una posible interpretación, según la cual, la ley de la causa y el efecto no es cierta.
En su –pareciera que dijéramos “en su lugar”; no es exactamente así-, en su lugar está la existencia, que conserva, tiene, almacena, alberga… toda, toda la trayectoria de la Creación.
Quiere decirse con esto que tenemos, en nuestra capacidad, en nuestras capacitaciones, todo lo que ha ocurrido, lo que ocurre y lo que ocurrirá, en el sentido de que misteriosamente –misteriosamente- no hay causa ni efecto, sino hay expresión, manifestación. Y esa expresión y manifestación es un todo misterioso, un todo de Misterio Creador que cada ser alberga, y que ahora lo conceptualiza como causa-efecto, aunque, insisto –se insiste en la Llamada Orante-, no todas las causas producen el mismo efecto. Y hay causas sin efectos. Y hay efectos sin, al menos, aparentes causas.
¡Ah!, ¡interesante! Toda nuestra ignorancia a propósito de casi todo se basa en que, bueno, no sabemos por qué, pero ocurre. Y “no sabemos por qué” significa que no conocemos la causa.
Si todo fuera causa-efecto, ya a estas alturas del conocimiento, todo –todo es todo- se sabría. Y resulta que casi todo –por no decir todo- se desconoce. Es una pequeña prueba de que, quizá, la ley de la causa y el efecto sea un instrumento para reinar; para reinar, para mandar, para ordenar, para conjurar, para explicar, para razonar... Sí, pero no nos da la respuesta.
Es una forma de plantear el dominio del hombre sapiens. No acaba de asimilar su naturaleza, digamos “divina”, sino que trata de apoderarse de ella, para cada uno ejercitarla en su dominio sobre otros. Así de sintético.
Si no concebimos origen, no... Si hablamos de eternidades, de infinitudes, no hay origen. ¿Que usted quiere empezar el año hoy, y le quiere llamar año Uno? Pues bien, vale. Como tantos calendarios que hay: el suní, el chií, el cristiano, el musulmán, el hindú… Cada uno empieza cuando cree conveniente; por una causa, por supuesto, que le vale para él.
¡Ah! ¡Entonces somos seres multicausales! O la vida es multicausal. En un caso, la causa será ésta, pero esa causa no nos vale para otro momento. Éste hoy está de fiesta porque es viernes y es musulmán, pero no lo está el cristiano, ni el judío, ni el hindú. Pero mañana lo estará el judío, y pasado lo estará el cristiano.
¿Cuál es la causa de que uno esté de fiesta y otro no? Pues cada uno elige su causa. “Yo elijo la causa del islam, entonces los viernes es mi día festivo”: causa-efecto.
Esto es un poco dramático. Sí; porque va a resultar entonces que realmente no existen causas, sino que yo elijo la causa. Ocurren circunstancias, y yo elijo esa circunstancia para justificar lo que me causa a mí esa circunstancia. Y así me explico determinadas situaciones.
¡Qué bonito manejo!
Pero eso me vale a mí. A otro, seguramente no le valdrá.
Claro, bajo ese criterio se establecen normas, leyes, costumbres... Y queda establecido oficial y legalmente que esta causa motiva tal efecto, o tal actitud motiva tal respuesta.
Y nos quedamos ahí enredados en ese mundo multicausal, según –a veces- nuestro propio interés, o según el interés de otros que nos manejen.
Y hay cosas tan simples –pero ¡simples!- para explicar esta situación…
Por ejemplo, en nuestras comunidades hispanas no conocíamos a Papá Noel. No. Conocíamos al Niño Jesús. Hasta que nos dijeron que existía Papá Noel, y entonces nos fuimos con los trineos a las nieves profundas del norte. Y nada, ya está Papá Noel. Luego, pues compartimos Papá Noel, Niño Jesús, los Reyes… depende de cómo esté el cuerpo de festivo. Ah. Pero antes no existía, no había esa causa. No. Han traído la causa.
Antes –por seguir en el mismo ejemplo-, el Día de los Muertos, pues estaban muertos. Ya está. Cada uno recordaba a sus, sus, sus, sus... Porque hasta los muertos nos pertenecen. ¡Qué horror! ¡Qué horror! Fíjense lo que da la causa-efecto.
.- Es que es mi muerto.
.- Sí, sí, sí. Toda la parcela para usted.
Pero llegó la onda de:
.- Pues si el Día de los Muertos es un día festivo, ¡hombre!
.- ¡Ah! Pero eso, ¿existía aquí?
.- No.
.- ¿Pero ya existe?
.- Sí.
¡Y los viernes! ¡Ay!, el famoso viernes. El caos del viernes, el día del viernes, el viernes libre, el viernes de las rebajas, el viernes... ¿Todo eso existía? ¿O lo hemos... tanto como creado, no, pero propuesto como una causa para que nos produzca un efecto?
“Ah, sí, espera al viernes que estará más barato”. “Ah, no, espera al próximo Día de los Muertos y hacemos una fiesta de estas estupendas. Nos disfrazamos y tal”. “No, espera a diciembre ahora, para que llegue Papá Noel con los trineos y los…; o mejor, ¿qué prefieres? ¿El niño Jesús? ¿O prefieres mejor los camellos?”.
¿Qué… cuál… quién es la causa?
Es decir que, en base a estos movimientos, descubrimos también que nosotros –que nos queremos tanto-, pues creamos causas, y a su vez nos producimos efectos. Claro, si hoy no he dormido bien –por ejemplo-, pues el efecto tiene que ser que estoy de mal humor, que estoy cansado, es que no puedo... Pero ¿realmente ha sido por no dormir bien?
.- ¿Está usted seguro?
.- Hombre, seguro, seguro, seguro…
.- No, no está seguro.
.- No, es que yo creo que no he dormido bien porque tengo una preocupación.
.- ¡Ah!, entonces usted está de mal humor, está cansado, está nervioso, porque tiene una preocupación.
.- ¡Eso!
.- ¿Y qué preocupación?
.- No, la preocupación no es mía. Es que me han preocupado cuando me han dicho que los rusos están en Cádiz y van a conquistar Galicia.
¡Jolín! Fíjense qué cosa, ¿no? Resulta que ahora este sujeto está nervioso, de mal humor y cansado, porque le han dicho que los rusos están en Cádiz –aprovechando el carnaval, claro- y van a conquistar todo el país hasta Galicia. Esa es la verdadera causa de su mal humor, de su fatiga, de su cansancio.
Y si nos vamos más atrás, por supuesto, la causa fueron los tartesios y los fenicios, que no hicieron los negocios de forma adecuada y perjudicaron a su rama familiar, a su constelación familiar y, gracias a ello, hoy viernes –la noche del jueves al viernes- no durmió bien. ¡Ole!
Puestos a proponer, manejar y controlar el mundo, el ser humano es hábil, sin duda.
Y además, la versión puede cambiar, ¡claro! Porque todo era bonito para ti, ¡todo, todo era bonito para ti!, todo era bonito para ti hasta que en los papeles de Epstein aparecieron Fulano y Mengano. Por ejemplo, ¿no?
- ¿Fulano y Mengano con Epstein?
- Sí, sí, sí, sí. Recibieron cartas y tenían una fluida comunicación.
- ¡No puede ser!
- No puede ser, pero ahí están los papeles. Hay tres millones de papeles.
Y entonces, de repente, todo lo que se pensaba sobre Fulano y sobre Mengano, pues, pues, pues, pues, se altera un poco.
- ¿Así que estuvisteis en la isla? ¿O no?
- No, yo no fui a la isla, fue Mengano.
Y Mengano dice: “No, el que fue, fue Fulano”.
Finalmente, no sabremos si fue a la isla o no fue a la isla, si tenía algo que ver con ese señor, o ese señor parece ser que repartía también dinero para la educación y la cultura y para causas nobles, quizá para luego conseguir otras causas menos nobles. Pero no esté nadie tan seguro de que no va a aparecer en esos papeles. Claro, aparecerá quien interese que aparezca.
Bueno, en cualquier caso, es un ejemplo para ver cómo nos quedamos totalmente aturdidos, porque aparece una causa que igual pudo no aparecer, e igualmente, durante un tiempo no aparecía.
Y esa causa puede ser perfectamente inventada, manejada, manipulada, orquestada... según; según interese al poderoso del momento.
Fíjense que de nada sirvieron las tropelías que hizo Isabel la Católica, que está muy próxima a declararse beata y santa. ¡Porque hizo unas cuantas! Así, de repaso histórico, hay unas cuantas causas que dices: “¡Hombre!… Que además de todo esto, sea santa, no sé… Tendría un pacto momentáneo con el demonio, y luego le venció en las Navas de Tolosa –una batalla, vamos-, y se quedó fijada a Jesucristo”. Y a partir de ahí empezó a hacer milagros, siempre, por supuesto, en terrenos de la cristiandad.
Es curioso, ¿verdad? –ya que han salido los santos-. Es curioso. Es difícil conocer, ¿verdad?, que un santo haga un milagro a alguien que, así, que no le conozca. ¡Vaya santo más tonto! O sea, ¿solo hace milagros a los suyos? ¿Hasta a eso llegamos?
.- No. Yo le recé a Santa Brígida, y gracias a ello obtuve un embarazo que nadie quería, que nadie creía.
.- A Santa Brígida. ¿Pero Brígida no hace algún milagro en Mulah Alah Meneh? –sí, un colega argelino-. ¿O Zidi Ahmed Ben Krikly Kadug? –un colega jordano-. ¿No hace milagros Santa Brígida en ellos?
.- ¡No, hombre!, ¿cómo va a hacer? ¡Si ese no es creyente!
.- Ya, pero el santo tendrá libertad de movimiento, ¿no?, para hacer milagros donde le dé la gana. ¿O no?
.- No.
Fíjense, hasta eso está codificado, ¿eh? No, no. El santo cristiano hace milagros en los cristianos. El santo musulmán hace milagros en los musulmanes. El santo judío hace milagros entre los judíos. No puede salirse de su territorio.
¡Dios santo! ¡Vaya Dios que se ha montado! ¡Guau!
Entonces, la causa-efecto, como vemos, nos la podemos llevar hasta lo absurdo. Y no nos convence. Nos vence porque se impone, pero no nos convence.
Simultáneamente, a la vez, es obvio que estamos bajo la influencia de la presión, la temperatura, la lluvia, la tormenta, las amistades, la familia… Todo es a la vez. A la vez. No se despierta uno, y primero: “A ver, que pase la primera causa: el café. La segunda… La tercera...”. No es así, sino que está todo a la vez. Lo cual, pensándolo bien, es abrumador, ¿eh?
Entonces, ¿qué hace el sujeto? Selecciona. Dice: “Bueno, es que esto no hay quien lo aguante. ¿Todo a la vez? No”. Selecciona. Entonces, hoy estoy bajo la esfera de... mañana o más tarde estaré bajo la esfera de...
Por ejemplo, fíjense ustedes lo que es la causa y el efecto. Cosas que dices tú: “¿Ves? Si es que esto no cuadra”.
¿Cómo es posible que, en la cancha de la Cartuja, en Sevilla, el Atlético de Madrid… –vamos a hablar de fútbol un momento- ganara al Betis 5-0?
Pero, ¿en cabeza de quién cabe que pueda pasar una cosa así? Si eso, eso yo creo que nunca ha pasado. Debe de ser la primera vez que pasa.
.- ¿Ha dicho 5?
.- Sí, sí. Y en el primer tiempo llevaba 3. Y corrían. Y se combinaban. ¡Un milagro! Es un milagro. San Cholo I, “el Agraciado”.
O sea, de eso que dices: “No puede ser. Me estás tomando el pelo. Esto no es posible. En otro equipo quizá, pero, ¿en este? No”.
Pues fue que sí. Una causa y un efecto. La causa era el equipo que, bueno, ya saben el apelativo de “el Pupas”. Y es “Pupas”: como mucho 1-0, racaneando, 2-0, 2-1… Y ahí va arramplando con su santo chólico. Pero, ¿5? ¿Y fuera de casa? ¡Y querían más, además!
¿Ven? Estos acontecimientos desafían la ley de causa-efecto. No existe la causa-efecto. No existe, porque aparecen cosas así, ¡tan tontas! Y dices: “No, pero esto es una tontería”. “Bueno, una tontería… ¡Eh, eh, eh, cuidado! O no. ¡O no!”.
Estamos perfectamente sometidos a una condición causal, y ésta es muy difícil de quitarla. Pero, no obstante, aparecen a veces sorpresas, como la anécdota que acabamos de contar, que dices:
.- No. Pero esto… esto ya no es causa-efecto.
.- No.
.- ¿Esto qué es, entonces?
.- No sé, será un milagro, un… no sé. Las lluvias de Andalucía, la vibración del tren... No sé, se habrá confabulado todo para que pase una cosa así.
Probablemente, quizá, todo está sucediendo infinitamente, en el Infinito, en lo Eterno. No hay un antes y un después. Esa ha sido una manipulación que hemos creado para aposentarnos en nuestros diferentes poderes. “¡Ah!, ¿sí?”.
Claro. Obviamente, el librarse de esa prefectura –vamos a llamarla así- es enormemente difícil. Pero la Llamada Orante nos da ese “quizá, probablemente, no sea así”, para que nos iniciemos en otras perspectivas. Y sepamos que, como eternos –como eternos-, si nos consideramos eternos, no nos debemos a la causa y efecto, nos debemos a… El Misterio.
Eso molesta, en principio, a la razón, a la lógica, a la causa y al efecto. Nos desmonta el chiringuito. Sí, así. Nos desmonta la estructura de leyes, normas, costumbres. Es más, nos hace ver que sin eso no podemos vivir.
No podemos ser solidarios si no pagamos impuestos –por ejemplo-. Ya la palabra misma lo dice: “impuestos”. Son impuestos. O sea, ¿para ser solidario tengo que soportar un impuesto? ¿No puedo serlo sin ese impuesto? Por ejemplo.
Si por momentos nos liberamos de… –por momentos, de momento- de esa causalidad, nos someteremos mejor a la casualidad del Misterio, a sabiendas de que en nuestra conformación está Todo. ¡Todo!
Y luego nos hacemos vitales, y luego nos divertimos y gozamos… Sí, pero somos Todo. Y aunque parezcamos individuales, no lo somos. Estamos conectados. Estamos sintonizados.
Y simplemente con que –para entrar en las eternidades; ¡para entrar en las Eternida-des!-, simplemente con que disolvamos esa constante de causa-efecto, simplemente con disolverla –por momentos, ¿eh?; no hay riesgo-, descubriremos que a lo mejor es otra, otra, por otra causa, por otro...
Fíjense en un detalle así, de última hora, ¿no? De ahora, casi de ahora. Han descubierto una rica red neuronal que comunica el área de los sentires con las áreas físicas o motoras. Sí. De tal forma que, por ejemplo, una persona puede terminar padeciendo un Parkinson, pero puede pasar años con insomnio, depresión, tristeza, angustia, hasta que esa zona, en definitiva, ese sentir, se cronifique y se radicalice, y termine influyendo, alterando la parte motora. Y empiece el temblor, empiece el vértigo, empiece… lo que corresponde a esa severa enfermedad, que aumenta, junto con el Alzheimer, de una manera precipitada.
.- Pero esa rica red neuronal, ¿ha existido desde la semana pasada o ya estaba ahí?
.- Ya estaba ahí.
.- Pero ¿por qué no la hemos visto?
.- Ya ves. ¡Ya ves!
.- ¿Así que el sentir puede influir?
.- Bueno, parece ser que sí.
En consecuencia, podríamos hasta decir: si no consiento esa causa y efecto, no sentiré una perturbación que sea capaz, a lo largo del tiempo, de producirme un deterioro físico. Fin de la cita.
Hagamos un es-fuerzo por des-mitificarnos: el asumirnos como Misterio Creador, sin ningún protagonismo especial y con una dedicación en el Todo.
Practiquemos la disolución de la causa y el efecto.
Y atreverse a liberarse del yugo de lo ¡impuesto!
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