LEMA ORANTE.
24 de Mayo de 2026
Aprietan al alma los dramas.
Aprietan al alma las disputas.
Aprietan al alma las tragedias.
Aprietan al alma… los futuros que se hacen desmanes, e imposibles de reparar.
Aprietan al alma las expectativas de mañana, pasado…; las expectativas de ahora; las expectativas de ganar, lograr, tener, asegurar, garantizar.
Almas prietas se presentan, en consecuencia, sin ser ese su vaivén; más bien algo impropio del alma que, de por sí, vuela sin corsé; del alma que resplandece en un eterno amanecer; del alma que ama sin prejuicios, ni premios, ni condenas.
Pero hoy las almas están prietas, oprimidas por un “no sé qué” que les pide –que se piden, sin saber- que han de ser razonables, explicables, calculables…
¡No sabe el alma hacer cálculos de su amor! No sabe el alma convertirse en un peldaño de sumación, de resta o de multiplicación. No sabe, no sabe el alma someterse. No es esclava de ninguna percepción. Más allá de ser libre, es liberada y… un proyecto permanente de Creación.
Y así que, cuando se sienta… ¡te sientas con el alma prieta!, recuerda que esa no es su función. No es ella la que piensa. Ella es la que siente. Y su sentir siempre es emoción, trascendencia, imaginación, fantasía, ilusión, ¡resolución!
No es penuria ni avaricia. No es desespero y desilusión. Ese es un contagio de aquellas almas que, ante la grandiosidad del sentir, se vuelcan hacia el poder de dominar, de mandar, de ordenar, de ganar, de imponer.
Es alma almada la que reclama su sitio… ahora que las tendencias son de almas armadas. En saberes, en teneres, en haceres… se arman. Hosca y tosca expresión de lo sublime, hacer de un alma, un arma… que sólo busca esclavitud.
Vergüenza almada, sin duda.
Y así, cualquier viviente se hace esclavo de la simiente de ganar, de lograr… con el arma de su alma, sin pararse a sopesar la providencial asistencia que el alma posee para poder donar, para poder darse sin escatimar, sin calcular, sin… espera.
Almas prietas se hacen piedras, y se convierten en vocación de lanzarse, de empedrar y apedrear. Suelos duros y rigurosos. Brechas grandes y sangrantes.
Urge defenderse sin armarse. Y pareciera una imposibilidad, y pareciera una inutilidad, y pareciera un suicidio; mas… no es –ni ha sido ni será- de tal envergadura, ya que el alma almada, cuando se hace “amar”, no… no encuentra enemigo que la pueda doblegar.
En apariencia la puede callar, la puede segregar, la puede reprimir, pero no eliminar…
¡Porque de almas y almas y almas está habitada la vida! Porque de almas y almas y almas… está gestada la fantasía, la ilusión, la serena presencia de lo inmaterial.
Sorpresa tiene el alma cuando ve que otras cambian su estilo y se hacen armas, con todas las razones, con todas las lógicas, con todas las explicaciones.
La tentación es grande, de hacerse poder, de hacerse ¡fuerte!, y combatir para ganar y para lograr luego… más poder, más violencia, más dominio.
Y al preguntarse: ¿Por qué el alma cambió su letra y se hizo arma? –ahora que sabemos que los códigos de vida se modifican por una sola letra-.
¿Quién cambió la letra…? ¿Por qué se dio por bueno el cambio? Y así se rotuló la Tierra. Y así se constituyeron fronteras. Y así se hicieron justicias. Y así se llenaron de impedimentos, exigencias. Y así se hicieron papeles y papeles, para garantizar la imponente presencia de ese cambio de letra.
¿Sería que, un día inesperado, al contemplar el alma su grandeza, se dijo sin mayor audiencia: “esto me pertenece”, “yo me pertenezco”, “puedo hacer que me pertenezca aquél, aquello, lo otro”?
Y ahí quizás ocurrió el cambio de letra. Y la que era una receptora de lo que proviene en Providencia, se convirtió en una arrastrada preponderancia de “mismidades”: mi cuerpo, mi ánimo, mi habilidad, mi…
Y así, poco a poco, se fue extendiendo la mismidad con la propiedad. Hacia ella se gestaron las ganancias. Y las almas-armas se sintieron gratificadas por su poderosa posición. Pero a la vez –pero a la vez-… latía en el espacio suplantado la auténtica letra.
Cabe con dificultad el arrastre hacia la posesión, buscando justificarse, argumentando su… ¿conversión?
Si bien pudo ser de esta manera, hoy, el molde, la oquedad del alma reclama su identidad.
Se agotan las armas. Se piden respiros para poder continuar.
Y el alma nunca se agota. Siempre tiene un resuello que aportar.
En cambio, cuando arma es, no solamente se agota sino se anula. Se hace campo de cementerio, que lo llaman “santo” para disculpar tanto armamento articulado, que finalmente condujo al ser en un deteriorado proceso.
Alma… alma reclama su autenticidad, sin hacerse posesiva; sin pertenecerse ni pertenecer.
¡No sabe de etnias, razas, espacios y lugares!
Vive en el sigiloso mundo de la imagen, del verso, del juego, del humor sin fin. Humor que es el rumor de los amantes que expresan sus confetis en palabras, canciones y susurros… que se interpretan como alientos gozosos.
Y mucho cuido, mucho, mucho cuido habrá que tener a la hora de reponer la letra adecuada, puesto que tendencia hay a combatir a la que suplanta el alma por arma.
No va a ser fácil. La arrastrada presencia del poder, del dominio y del control se resiste. Fue la que conformó lo que hoy llamamos “estilos de vivir” y “formas de convivencia”.
No va a hacerse un proyecto de alma con adalides de éxitos, contra las “armadas”.
Sería simplemente una estrategia más de las armas, no de las almas.
Y es así que el alma, en su búsqueda de su identidad, habrá de revisar su arrastrada presencia, suavizar los rasgos de su poder y hacer una conversión sin combate; tan solo con la imagen –sin pintura, sin armadura- de verse como un portador de eternidades que transita por un Universo Creador, que no precisa ser dominado ni controlado, sino más bien vivido, sentido y amado.
No hay armas para rescatar el alma, de las armas.
Y al vislumbrar la almada constancia de lo inmaterial que alumbra nuestra transcurrida presencia, el día a día nos aportará la evidencia de que no es el sitio de armas, que ha de cambiarse la letra, que el ser ha de darse cuenta de que su horma es la Providencia.
Y con ese ánimo de sentirse almado, cada vez que aparezcan las armas –que aparecerán-, dejar que transcurran…
No nos pertenecen…
No son almas, son armas…
Y mi revelada presencia reclama ejercitarme como tal: almado.
El alma no plantea haceres concretos de estrategias y planes para cambiarse de arma a alma. No. Se trata de que el ser se identifique en su universalidad, en su comunión con todo lo creado, en su almada actitud, que supone no pertenecerse, no pertenecer y no apoderarse.
“No soy de mí” –ya se ha escuchado en otras ocasiones-. “Ni soy de mí ni de otros”. Y los otros, en la misma frecuencia, no se pertenecen ni me pertenecen, ni tienen pertenencias.
El aliento almado del amar –“el aliento almado del amar”- permitirá esa connivencia- convivencia, permitirá ese conjunto de funciones a realizar, según necesidades que reclamen nuestro estar, sin pertenencia, sin dominio ni control.
Y no por ello nos vamos a –y esa sería una amenaza de “la armada”- nos vamos a perder en el caos o… ¡No! Habrá, claro, que identificar las falsas profecías de las “armadas”, que no quieren perder su propiedad.
Y, almadamente, no caer en la tentación de criticar lo armado, de condenarlo. Son almas… que una letra han modificado.
Y es así –en consecuencia, para evitar esa confrontación- que cada ser, en oración, asuma su almada constancia; que en su hacer se note, se perciba su almada solidaridad, su almada disposición, su almada fascinación por el respirar, masticar, hablar, proyectar…
Almas: fascinación por el vivir.
Ese sentir, ese sentido que está fuera de los sentidos como oberturas que hacen del ser una sola obertura –como una gran sinfonía- y una sola oquedad, en ese vacío existencial que nunca se llena, que siempre en vacuidad se nutre, creativizando sus acciones. Que no hace de su convivir una costumbre de estancada y residual repetición.
No. Alma es renovación. Alma es configuración transfigurada. Alma es solidaria convivencia. Alma es descubrir en un permanente ¡éxtasis!; éxtasis de asombro de lo que descubrimos que somos: “almas”.
Peregrinos inmortales de eternidades –así, con todas estas palabras: peregrinos inmortales de eternidades-, ¡no hay miedo!, y no debe haberlo al decirlo. No hay miedo al confesar, al confesarse como almado enamorado del respirar, del sonreír, del laborar en comunión en logros ¡inagotables!
Almados incansables. Almados creativos, como corresponde a la naturaleza del vivir. No se trata de alcanzar otra posición. Eso sería un concepto armado. ¡No! ¡Se trata simplemente de ser!; que ¡tanto se ha transformado!, que ¡tanto se ha manipulado!, que casi en olvido hemos llegado.
Es recordar nuestra eterna presencia.
Sí. Es hacernos testimonios de un Eterno Acto de Amor… donde no caben las armas, donde el alma deja de ser compungida, constreñida, prieta, apretada… para pasar a ser solvente, amplia, expansiva, ilimitada…
***
No hay comentarios:
Publicar un comentario