domingo, 4 de enero de 2026



                              LEMA ORANTE. 

                             4 de Enero de 2026


Y en el manejo del tiempo, en el calendario del poder, se establece que culminamos un momento –o terminamos un momento- y empieza otro nuevo. Y es tiempo de análisis de lo pasado y proyección de lo que vendrá.

Se puede ser en ese caso –o en este caso-, magnánimo con lo pasado, derrotista con lo pasado, entusiasta con lo que vendrá, o demoledor con lo que nos espera; ese sistema dual de “malo-bueno”… en el que, decididamente, el ser se suele quedar en “lo tibio”.

Lo ocurrido ya no se puede revertir; al menos, de momento, no sabemos. Y se puede considerar como un aprendizaje o como un castigo.

Un gran abismo, ¿no?

Si es un aprendizaje, todo lo que transcurre es… favorable. Si es un castigo, todo lo que ocurre es por nuestra culpa, por nuestra grandísima culpa.

Pero no se aprende de todo, ni nos sentimos culpables de todo. Así que, como decíamos hace un instante, el ser se queda en lo tibio: indecisión, imprecisión, inconexión…

Pero hay una opción diferente, que es la que surge de la Llamada Orante: sucedió y ocurrió lo que debía ocurrir. 

No es una posición tibia; es una posición decidida. Misteriosa, puesto que los aparentes protagonistas son actores: nosotros. Pero el que escribe el libreto se nos hace desconocido; nos dan el papel, segundos antes de que ocurra.

Esto supone una actitud, por nuestra parte, de sumisión y humildad… Pero no por ello indiferencia, no: participación y concienciación de lo que transcurre, buscando las posibles explicaciones y deducciones, claro.

Pero debía ocurrir.

Y al ser parte de esa ocurrencia –y Misterio, en consecuencia-, nuestra actitud de sumisión y humildad… se nos debe hacer “natural”. Es decir: asumir, adaptarse.

Y además de adaptarse, prevenirse y cuidarse; cuidarse en el sentido de estar alerta, despierto.

Si mantenemos esa posición en lo transcurrido, en el análisis de lo que ha acontecido, también debemos modificar nuestra actitud hacia lo que se avecina.

No es un secreto el comprobar las maníacas actitudes de gobiernos y grupos sociales que perturban seriamente la convivencia y el compartir. Las confrontaciones entre los más fuertes salpican a todos, y especialmente a los más débiles.

Es común preguntarse el qué hacer: si iniciar una tarea de ayuda, auxilio…

“Pan para hoy, hambre para mañana”.

Pero sí, cierto es que… es efectiva en instantes, pero que no resuelve. En cierto modo esclaviza y hace dependientes a los más débiles, y les impide el descubrir, el aprender, el rebelarse y el buscar los recursos propios, puesto que les dan los necesarios para subsistir.

Pero bien… bien está la caridad; la bien entendida, que es difícil de aprender, sobre todo cuando tan solo gratifica al que da, e impide la rebelión hacia lo que produce esas demoledoras situaciones.

 

La Llamada Orante opta por la vigilia, sin entrar en conflicto con la caridad. Pero... haciendo hincapié en estar vigilantes, despiertos, atentos a nuestras posiciones, a nuestro ejercicio de virtudes, a nuestras preparaciones, a nuestras calidades, a nuestros aportes según demandas. A ese estar anónimo que no reclama éxitos ni premios.

Y en la medida en que entramos en vigilia, en esa alerta “consistente”, nuestra disposición estará permanentemente despierta; nuestra disponibilidad estará ahí, con el candil, encendida.

Atrás quedarán las justificaciones, esas que sirven tanto y tanto… para rechazar, deshacer, impedir, bloquear… En definitiva, para egolatrizarse y autocuidarse.

Cuando se está en vigilia, cuando se está en alerta, no es preciso justificarse. Hay que testificar, hay que ejemplarizar, ¡hay que testimoniar!

Debe de ser una vergüenza justificar un testimonio que se espera de nosotros, en base a… a lo que sea. La justificación es la justicia aplicada debidamente a mis intereses. Punto. Que está universalmente aceptada, por supuesto. Punto y seguido.

¡Qué fácil es reclamar a los otros, reclamar al entorno y justificarse permanentemente!

Y como vigía, es más probable ver lo que viene, intuir lo que se aproxima, evaluar lo que está cerca, imaginar lo que “probablemente” acontezca.

Y no solo eso –como predicción-, sino que, cuando se está despierto, se está creativo, se está imaginativo, se está con los sentidos dispuestos a conjugarse, a confabularse, a proyectarse.

Ideales gravitan sobre nuestra vigilia… y sobre ellos debemos responder. Responder por ellos para darles la magnitud que tienen, y en base a la cual son útiles para nosotros y para los que van dirigidos.

Ese es un apartado de la vigilancia, la alerta: que además de estar intuitivos, creativos, dispuestos, disponibles, no podemos permitir-nos una cotidiana costumbre, una cotidiana “normalidad”.

Las costumbres terminan siendo costuras, y los puntos terminan rompiéndose; y las heridas se abren.

Los hábitos que van más allá de una prudencia se convierten en manías, y se hacen incomodidades propias y hacia los demás. Si, por el contrario, asumimos el ejercicio de nuestros ideales, desde los más pequeños hasta los más fantásticos, ningún día será igual.

Y así estaremos en sintonía con cada día, porque cada día nos aman y por eso nacemos: Ama-necer.

Ninguno es igual.

Pero ha ocurrido y ocurre que, por falsa seguridad, por dominio, por facilidad, por holgazanería, por no saber… –por no saber-, se hace de cada jornada, con mucha facilidad, “un día más”.

En cambio, si estamos en el afán de nuestros ideales no será un día más, será un día distinto. Que quizás no se note en el exterior, pero sí lo notamos en nuestro hacer, en nuestra actitud.

¡Qué vergüenza!, ¿no?, añadir de nuevo otra, otra vergüenza: de hacer de un día, que es creación, la misma actitud, igual reacción.

No es un avío de vida.

Es un desafuero de vitalidad.

Que cuando llegue el descanso, no esté descontenta el alma; no esté afligida por el desencanto; no esté aburrida por la repetición; no esté harta por la contradicción… sino que esté almada por el amor que ha vivido, que ha sentido, que ha expresado, que ha recibido.

Es un medidor excepcional: el almarse al descanso de cada día, y preguntarse cuánto amor hemos recibido y cuánto hemos dispensado.

Y, ¡ojo!: no valen justificaciones, ya las hemos expresado. La abundancia del amor es exuberante. Sí.

Luego es impresentable culminar la jornada desalmadamente… sin haberse descubierto en una instancia de amor, o haber recibido esa mirada aviesa de esa flor que, en una esquina, nos lanzó un beso por su belleza.

Amén.

           

                            *****************


No hay comentarios:

Publicar un comentario